La neurociencia: nuestra inseparable aliada en las aulas

Este artículo que presentamos es el primero de una serie de tres en los que se fundamentan las bases sobre las que se asienta la práctica educativa basada en el Aprender a Ser y la Neurociencia (ASN). Hemos elegido como punto de partida la neurociencia y no ninguno de los otros tres pilares porque consideramos que los avances en ciencia deben ser el punto primigenio en el que comience toda práctica educativa, ya que para ayudar a aprender a nuestros alumnos lo más importante es entender cómo se aprende.

En sus inicios, la neurociencia se entendía como una disciplina cuyo objetivo era conocer el funcionamiento del sistema nervioso. Hasta hace aproximadamente unos 50 años, esta disciplina ni siquiera existía como tal, sino que era una parte de la biología. Pero, en su afán por ir entendiendo cada vez más el funcionamiento del cerebro, los científicos se dieron cuenta que lo que se venía haciendo tradicionalmente con las ciencias no servía.

Tradicionalmente la ciencia ha ido cada vez más compartimentando las disciplinas que la integran para especializarse en un campo en concreto, pero a raíz de los avances que se hacían sobre el funcionamiento de nuestro sistema nervioso, y sobre el sistema nervioso central en concreto, se dieron cuenta que esto era contraproducente cuando se trata de nuestro cerebro, ya que es tan complejo que lo que mejores resultados daría en este caso era hacer todo lo contrario, es decir, aunar en una ciencia multidisciplinar todo un conjunto de saberes científicos mediante un enfoque holístico. De aquí que muchas veces los autores no hablen de Neurociencia sino de Neurociencias en plural.

Una definición muy aceptada de lo que podría ser la neurociencia nos la da Carles (2004): «es la disciplina que busca entender cómo la función cerebral da lugar a las actividades mentales, tales como la percepción, la memoria, el lenguaje e incluso la conciencia”. Esto implica que, en los últimos años, se pretenda no sólo conocer cómo funciona nuestro cerebro sino también cuál es su conexión y repercusión en nuestras conductas, pensamientos y emociones. Y aquí es donde toma relevancia la neurociencia relacionada con el aprendizaje.

Cuando intentamos conectar aprendizaje y cerebro necesitamos establecer un nexo de unión entre la neurociencia, entendida en su vertiente más biológica, y la psicología cognitiva. Este es el objetivo principal de la neurociencia cognitiva, que se ocupa del conocimiento de las funciones superiores como la memoria, el lenguaje y la atención. 

Llegados a este punto, consideramos que es importante conocer algo más de cómo es nuestro cerebro y cómo funciona (pero sin necesidad de ser unos expertos, ya que para comprender que la neurociencia debe llegar a nuestras aulas, no nos hace ninguna falta), porque de esta manera entenderemos mejor cuál es el campo del que se ocupa la neurociencia cognitiva.

La primera consideración importante que debemos tener presente es que nuestro cerebro está compuesto por varias regiones interdependientes entre sí, pero que funcionan de manera diferenciada unas de otras. Cada una de ellas se ocupa de unos procesos neurobiológicos distintos. En materia educativa, el lóbulo frontal, y más concretamente la corteza prefrontal, es aquel al que debemos prestar mayor atención ya que interviene en las funciones motoras y ejecutivas. Estas habilidades son las que nos permiten planificar y tomar decisiones adecuadas al estar íntimamente relacionadas con la gestión de las emociones, de la atención y de la memoria; y, según Diamond (2013), resultan imprescindibles para el éxito académico y el bienestar personal del alumno.

Pero como el cerebro funciona de manera integral existen también otras estructuras que es importante conocer para entender la relación existente entre el cerebro y el aprendizaje. Conjuntamente se les conoce como el sistema límbico, el cual es el responsable de nuestras conductas emocionales.

Estas son las áreas que mayor conexión tienen con el lóbulo frontal:

  • El hipocampo: permite que la información novedosa para el aprendizaje se registre de una manera inicial.
  • La amígdala: se activa cuando nos sorprendemos o necesitamos de una respuesta emocional y funciona, por ejemplo, cuando un alumno o alumna sufre un estado de ansiedad por no saber si la nota de su examen se corresponderá con lo que espera su familia de él o ella.
  • El tálamo: transmite los impulsos sensoriales a la corteza para su procesamiento.

La base neurobiológica del aprendizaje se encuentra en los neurotransmisores, unas sustancias químicas que se liberan entre las neuronas. De entre ellos, aunque no hay forma posible de conocer su estado sin un estudio médico, los que más debemos tener en consideración son:

  • La dopamina: que si se encuentra elevada propician que el alumno aprenda y se motive jugando.
  • La serotonina: con niveles altos hacen que los alumnos estén risueños.
  • La noradrenalina: si está baja ocasionará que los alumnos sean propensos a las distracciones.
  • La acetilcolina: con niveles inferiores a los normales, propiciará que los niñxs “se duerman” ante una explicación como agente pasivo demasiado larga.

Las investigaciones en neuroimágenes de la última década han puesto de manifiesto que, aunque la activación de las regiones en cada una de las actividades que realizamos los seres humanos sea desigual, la actividad cerebral es del 100% independientemente de que estemos aprendiendo una tarea o de si ya la dominamos.

Gracias a los avances en neurociencia se ha entendido por fin que aprender no es sinónimo de memorizar, y el aprendizaje no se consigue al repetir algo una y otra vez, sino al hacer, al experimentar y al sentir emociones durante el proceso. Aprendizaje, emociones y memoria están estrechamente relacionadas y deben tenerse en cuenta a la hora de ayudar a nuestros alumnos en el proceso de enseñanza-aprendizaje.

Esta es la base de la neurociencia educativa, también llamada neuroeducación, donde se entiende que la inteligencia es un concepto multidimensional y, por ello, debemos permitir un espacio y un tiempo a los alumnos para explorar, pensar y expresar ideas a través de diferentes códigos dentro de una misma tarea. Los niños y niñas aprenden de manera social, construyen su propio aprendizaje activamente y necesitan de la comprensión de los significados del entorno a través de la interacción activa y emocional que se posibilita entre el grupo. Para ello, para este proceso que precisa necesariamente de los demás, debemos ayudar a lxs niñxs a desarrollar la empatía ya que desde la neurociencia educativa se entiende que ésta es la puerta del conocimiento. 

A pesar de todos los nuevos (y no tan nuevos) descubrimientos, encontramos en nuestros centros escolares personas que se niegan a formarse en neurociencia. Nadie discute que es importante tener formación en psicología para entender a nuestros alumnxs y así poder ayudarlxs pero, sin embargo, sí encontramos a docentes que no alcanzan a reconocer que la ciencia es indiscutible y que no podemos creer o no creer en ella, ya que la ciencia es sinónimo de verdad.

Por eso, debemos intentar que los avances en neurociencia cognitiva y educativa lleguen a nuestras aulas, ya que son el medio para ayudar a nuestros alumnos a aprender: si no conocemos cómo se aprende no podemos ayudar a aprender, que es la tarea principal del maestro. No podemos pretender ser guías del aprendizaje obviando todo lo que ya sabemos sobre el cerebro y su procesamiento de la información. Memorizar y repetir no es aprender. Aprender es vivenciar, experimentar y sentir emociones en un proceso de intercambio con los iguales y, para esto, en nuestras aulas debemos permitir a los alumnos un tiempo para el diálogo y el debate.

En los siguientes artículos nos centraremos en la psicología evolutiva, y el aprender a SER, también entendidas como disciplinas científicas fundamentales para entender cómo aprenden nuestros alumnos.

Referencias bibliográficas:

  • Avedaño, C. (2002): “Neurociencia, neurología y psiquiatría: Un encuentro inevitable”.
  • Carles, E. (2004). “Aproximación histórica y conceptual a la Neurociencia Cognitiva”.
  • Corr, P. J. (2008): “Psicología Biológica”.
  • Eagleman, D. (2013): “Las vidas secretas del cerebro”.
  • Guillén, J. (2017): “Neuroeducación en el aula: de la teoría a la práctica”.
  • Kaku, M. (2014): “El futuro de nuestra mente”.
  • Mora, F. (2013): “Neuroeducación: solo se puede aprender aquello que se ama”.
  • Tortosa, G. y. (2006): “Historia de la Psicología”.